sábado, julio 28, 2007

MIss Jessel

Desde donde estoy ahora, ya nada veo. No en realidad. Los siento a todos, rodeándome a diario. A los pequeños y a aquella que me reemplaza. Angustiante delirio el que lleva sobre sí. Y la escucho. Su corazón acelerado. Su respiración entrecortada. Su moral doblegada. Escucho su delirio. Y recuerdo el mío.

Los días solitarios. La casa vacía. La sombra sempiterna de la presencia ausente. La pasión escondida.

Me dicen desviada. Escucho las voces. Los adultos me temen, me buscan para tener a quien culpar. Mis niños, mis bellos niños, me buscan para jugar. Para recordar. Sus voces melodiosas me llaman por las noches. Y me desespero en la oscuridad de la casa enorme. De la iglesia cercana. Del pesos de mi inmovilidad.

A veces creo saber dónde estoy. Hacia dónde voy. Creo recordar mis caminos. Los pasillos. Las luces. Y de nuevo oigo las voces de los pequeños que me invitan a jugar. Que me buscan. Y de esa pobre que ocupa mi lugar. Mi posición. No mi sentimiento. Mi sentimiento vive en los pequeños. Sólo ansío que me sientan.

Me oyen. Me temen. Sólo quiero acercarme a ellos. Dónde están. Se pierden en lo oscuro de los pasillos. Las habitaciones siempre me han parecido enormes. Este limbo es inmenso, pero la casa aún parece serlo más. Dónde estoy. Dónde están. Gritos y peleas. La pobre institutriz se está volviendo loca persiguiendo mi sombra. El pequeño sólo se acerca porque mi viejo sentimiento también vive en él. A veces creo que siento. Otras sólo creo desaparecer.
Me estoy deshaciendo en el limbo oscuro. En la casa enorme. En la inmovilidad. En la presencia ausente que desgasta a mi reemplazo. En mi vieja pasión que viaja por otro limbo. En las voces de los niños, que siguen llamándome a jugar.

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