miércoles, agosto 22, 2007

...Tiempo Fuera...

Esto queda suspendido por un rato. Hasta que se me ocurra volver.

sábado, julio 28, 2007

MIss Jessel

Desde donde estoy ahora, ya nada veo. No en realidad. Los siento a todos, rodeándome a diario. A los pequeños y a aquella que me reemplaza. Angustiante delirio el que lleva sobre sí. Y la escucho. Su corazón acelerado. Su respiración entrecortada. Su moral doblegada. Escucho su delirio. Y recuerdo el mío.

Los días solitarios. La casa vacía. La sombra sempiterna de la presencia ausente. La pasión escondida.

Me dicen desviada. Escucho las voces. Los adultos me temen, me buscan para tener a quien culpar. Mis niños, mis bellos niños, me buscan para jugar. Para recordar. Sus voces melodiosas me llaman por las noches. Y me desespero en la oscuridad de la casa enorme. De la iglesia cercana. Del pesos de mi inmovilidad.

A veces creo saber dónde estoy. Hacia dónde voy. Creo recordar mis caminos. Los pasillos. Las luces. Y de nuevo oigo las voces de los pequeños que me invitan a jugar. Que me buscan. Y de esa pobre que ocupa mi lugar. Mi posición. No mi sentimiento. Mi sentimiento vive en los pequeños. Sólo ansío que me sientan.

Me oyen. Me temen. Sólo quiero acercarme a ellos. Dónde están. Se pierden en lo oscuro de los pasillos. Las habitaciones siempre me han parecido enormes. Este limbo es inmenso, pero la casa aún parece serlo más. Dónde estoy. Dónde están. Gritos y peleas. La pobre institutriz se está volviendo loca persiguiendo mi sombra. El pequeño sólo se acerca porque mi viejo sentimiento también vive en él. A veces creo que siento. Otras sólo creo desaparecer.
Me estoy deshaciendo en el limbo oscuro. En la casa enorme. En la inmovilidad. En la presencia ausente que desgasta a mi reemplazo. En mi vieja pasión que viaja por otro limbo. En las voces de los niños, que siguen llamándome a jugar.

miércoles, julio 04, 2007

Hester Prynne

Cierro los ojos, y siento el peso de mis acciones. El peso y el ardor sobre mi pecho dolorido. Alzo la vista y observo el largo camino que ha de acompañar mi tormento. Bajo mi mirada una vez más. Sólo veo el brillo. El color infernal y el resplandor anunciando al mundo mi secreto. Mi indigna respuesta. Mis batallas perdidas. Es que cargo con el pesado yugo de mi indulgencia. Y temo.
A diario vivo con miedo a la exposición. A las miradas penetrantes, a los ojos que adivinan. Cargo el peso de mi propia tentación y he de llevarlo callada sobre el pecho, mientras aquel juega despreocupado tomando mi mano. He de llevarlo, y con cuidado, no soltarlo, no dejarle ir. Esquiva, no puedo levantar mi mirada. Debo evitar el contacto.
No puedo más. El fuego del pecho y del vientre me queman. A media voz quiero palabras de consuelo. Anhelo salvación. Tranquilidad. Ya no puedo contener mi ansiedad, mi miedo, mi deseo. Deseo de libertad. De dejar atrás la cárcel carmesí. La cadena endiablada que camina a mi lado. El peso de las miradas y los susurros. El precio de alimentar el instinto reprimido.
Confieso satisfacción. De llevar al diablillo aferrado fuerte a mi mano. De que por sus venas corra mi sangre y aquella anónima que no ha de pesar sino en mi conciencia. Rojo de la sangre. Rojo de mi pecho. Rojo endemoniado. Confieso satisfacción en la certeza de no llevar el peso del juicio sola. De compartir mi miseria. Confieso satisfacción de que nadie más sepa quien sufre.
Llévame infierno. Libérame de la prisión ardorosa y refulgente que yace en mi seno. Llévame lejos del llamado de ojos brillantes y postura endiablada. Aléjame de mi pecado y de mi culpa. Del obstáculo que me impide avanzar hacia la espesura del bosque y de sus brujas. Que me postra en movimiento y me obliga a confesar callada cuestiones que deseo dejar atrás. Confieso querer soltar al diablillo que juega.
Admito la delicia culposa del deseo de libertad. De la necesidad de desaparecer. Del anhelo de amar y odiar y sufrir. Me entrego a la restricción para que haga ella de mi vida lo que más apropiado sea, aún si ha de convertirme en el alma en pena que le recuerda a los demás de sus errores. Quiero ser liberada de los propios. Me entrego a la austeridad para que limpie mi alma. O al menos la disfrace. Me dejo llevar por ella para que haga más liviana la carga y más frío el pecho. Menos ardiente el vientre.
Confieso la llamada indecorosa. La noche cómplice y el silencio testigo del dolor de la pasión escondida. Confieso la necesidad del escándalo, inmortalidad, trascendencia. A la vez llamo a las ansias de anonimato. Con la frente en alto, el pecho erguido, camino sin articular la confesión callada. Con el alma manchada. El vientre quemado. Los ojos cegados. Sólo oigo el murmullo cargado de frases viperinas que envenenan y alimentan mi espíritu pesado. Avanzo hacia la entrega, ocultando la necesidad de anonimato.
Confieso y me entrego a la vida reposada, por no poder desaparecer.

domingo, julio 01, 2007

Blanche Dubois

...I Have Always Depended On The Kindness Of Strangers...


Me estoy volviendo loca. Aunque jamás se lo dejaré ver a nadie. Me vuelvo loca y las paredes de mi interior vibran con los ecos de vidas pasadas. Me pierdo entre las voces antiguas y el llanto presente. Entre las calles pobladas y las palabras gruesas, toscas, poco amables. Me estoy ahogando entre cuestiones que no me alcanzan. Entre personas que me persiguen. Entre miradas que me desconocen. Y me estoy desarmando, esperando las palabras que ya no me pertenecen. Mirando cómo pasa el tiempo y cómo voy envejeciendo.
Confieso que me estoy transformando. Que dentro mío, todo se enreda lento, para hacerme olvidar dónde me encuentro. Confieso que he robado alcoholes ajenos, besos ajenos, miradas ajenas. Creo que quiero hacerlos míos. Luego creo que sólo quiero recordar. Confieso que no me gusta la luz ni el día. Ni mis años ni mis ojos.
Admito esconderme entre joyas de vidrio pintado y disfraces antiguos. Entre cartas ajadas y recuerdos que aún me embrujan. Admito querer que quieran algo de mí. Creo que a veces sé qué es. Creo que a veces sé quien soy. Estoy escondida entre mis propios miedos y los de las personas a las que he atormentado. Pero no quiero decírselo a nadie. Admito mi soledad. Mas no puedo reconocer el paso del tiempo.
Y creo que no estoy tan loca. Sólo estoy sola, y algo más vieja, y mucho más amarga. Amarga de ecos y vibraciones. Amarga de deseos sin cumplir. Agria del paso del tiempo y la necesidad de atención. De no saber dónde me encuentro a veces. De querer estar entre las olas de trópicos lejanos, con voces suaves. Con brazos fuertes. Con paisajes amplios. Me estoy perdiendo. Pero no he de decirle a nadie. No aún. No hasta dejar este encierro. Esta miseria.
Los recuerdos no son vida, pero me permiten sobrevivir. No tengo más que piezas y ecos y aromas y melodías. Y deseo de escapar y caer en un abrazo que me cuide. No estoy loca. Sólo estoy sola. Vieja. Olvidada.
Confieso que no me permito ser olvidada. Primero he de volverme loca, antes de ser olvidada. Confieso que necesito la atención más que a nada. La trascendencia. La inmortalidad. Aún a costa de mi propia integridad. Aún a costa de destruir la realidad. Aún a costa de escapar y desvariar. Aún a costa de mi propia locura.
Pido por favor, que nadie se entere.